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El Camino de los 100 millones de kilómetros

El “¡buen camino!” es el santo y seña actual de los que se dirigen a Santiago. Mi aversión a esas dos palabras procede de la saturación que ha sido uno de los motivos que me han traído aquí. Es el producto de haber entrevistado en los últimos catorce años a muchas decenas de peregrinos.

A menudo me decían lo mismo, casi como una letanía consistente en que el verdadero camino es hacia uno mismo y que la ruta te transforma. Para acabar, me deseaban “¡buen camino!”, aunque me dirigiese a mi silla para escribir.

El cambio estadístico

Desde el año pasado hay una novedosa mayoría femenina que se ve sobre el terreno

Como he encontrado el momento idóneo, al disponer del tiempo y las fuerzas necesarias en la época del año adecuada, me he bajado en Ponferrada del tren que me ha traído desde Catalunya y, antes del amanecer, me he puesto a andar hacia Santiago. Mi destino, mi itinerario, mi mochila y mi indumentaria de senderista generan un cóctel que, completado con las dos palabras que la coreana ha proferido con la mejor de las intenciones, indica que sólo puedo ser un peregrino. Y no lo soy. O eso quiero creer.

Esta vez voy a entrevistar al propio Camino, durante 210 kilómetros y siete días, que es lo que espero que me lleve, aunque si son incluso diez, también estaría bien. Pongo 210 pese a que mi aplicación, de la guía del Buen Camino precisamente, proclama que de Ponferrada a Compostela hay 212,9. Sin embargo, mi teléfono también indica que mi casa, justo en la entrada de Santiago, dista del Obradoiro 2,9 kilómetros, que procedo a descontar.

Es una casualidad muy representativa que una coreana protagonizase ese momento que más temía que llegase, el del “¡buen camino!”, aunque al final no fuese para tanto y lo resolviese con una sonrisa. Ella retrata el momento actual de la Ruta Jacobea, en la que desde el año pasado hay una novedosa y creciente mayoría femenina en las estadísticas, que se hace también patente sobre el terreno. Además, su procedencia refleja el intenso proceso de globalización de los últimos lustros, en los que los extranjeros pasaron a superar ampliamente a los españoles, mientras los peregrinos de Corea del Sur crecieron desde la docena y media del 2004 hasta los 7.106 de lo que va del 2019. Se trata ya del octavo país de origen, con una presencia muy visible durante todo el año, sobre todo en invierno, cuando llega a formar el primer grupo foráneo.

Poco después de dejar atrás a la asiática de mis dos palabras más temidas paso por delante de una parroquia en cuyo atrio distribuyen y sellan la credencial del peregrino. Me entran dudas sobre si seguir sin papeles. No los quiero porque no soy peregrino, sino alguien que vuelve a su casa a pie y que, además. es un observador y un objetor de la propaganda de la Xunta y que no se quiere arriesgar a llegar con un número redondo o de récord anual, de modo que le reciba toda la fanfarria publicitaria. Sin embargo, la tentación de tomar la credencial existe, pues procede de mi contradictoria condición de periodista que acostumbra a trabajar con las estadísticas de peregrinos y que no va a contribuir a ellas.

Para resolver el dilema acelero todo lo que puedo, que es menos de lo que me gustaría porque tengo un pie, el izquierdo, que ha empezado a quejarse, por los efectos de una fascitis plantar que me lleva a referirme a él como “mi pie fascista”. Cuando arribe al anochecer al fin de etapa, en Ambasmestas, a 39 kilómetros de Ponferrada, buscaré desesperadamente una farmacia para comprar una crema antiinflamatoria, con la mala suerte de que la encontraré en la aldea siguiente, con otros tres kilómetros más.

“Sin dolor no hay gloria”, se leía en inglés en una camiseta de moda hace unos años, ilustrada por unos pies repletos de tiritas. Me acuerdo de ella porque ahí percibo la resolución del que para mí era el gran enigma de la ruta, el misterio de cómo un fenómeno turístico tan masivo, en especial en verano, puede generar una experiencia personal tan intensa. En el entorno de Camponaraya, ante el paisaje de los viñedos del Bierzo en el otoño, me veo por momentos en medio de una pequeña horda multinacional, con presencia coreana, estadounidense, alemana, canadiense, italiana, brasileña y española. Tengo la sensación de que esa posición, muy distinta a la de la soledad con la que más disfrutaría, no me privaría de la aventura intransferible que supone el contacto con una naturaleza de éxtasis a ras de suelo, el sufrimiento físico de un cuerpo al que pones a prueba y la entrega a tus pensamientos, alrededor del tema en el que decides centrarte, en mi caso, la vuelta a casa y la entrevista al Camino.

Conocí a un estudiante francés que decía haberse lanzado a la ruta, de 1.500 kilómetros, como respuesta al aburrimiento. El suyo es un caso de total ausencia de motivación religiosa, esa que, sin ser ya mayoritaria por sí sola, conserva un peso muy relevante, pues fue invocada por el 43% de los peregrinos en el 2018.

Un ejemplo es el del hombre más rico de España, Amancio Ortega. En la única entrevista que concedió en su vida contó en el 2008 que había recorrido cuatro veces la ruta, dos desde los Pirineos y dos desde Sevilla, después de una promesa que le hizo a Dios antes de operarse en Estados Unidos. Ortega explicaba que solía caminar “una media de 27 kilómetros al día” y que “el límite son 30”.

El kilómetro es la medida absoluta en el universo del Camino, pues marca, entre otras muchas cosas, el peso de la mochila, los días que faltan y las fuerzas que se tienen para afrontarlos. No se sabe con exactitud cuántos recorren los peregrinos al año, pues los datos de los lugares de salida que da el Arzobispado de Santiago a veces son vagos como “Resto de Portugal” o Rusia.

Sí está clara la distancia desde los 24 puntos de comienzo más numerosos en el 2018, encabezados por Sarria, Saint Jean Pied de Port, Oporto, Tui y Ferrol. De esas dos docenas de localidades partió el 85% de los que llegaron a Santiago y que hicieron una media de casi 288 kilómetros por persona.

Imputándole ese promedio al 15% que falta, en lo que es un cálculo conservador porque en ese grupo las travesías suelen ser mayores, se obtiene que en el 2018 los 327.378 peregrinos a Santiago habrían hecho al menos 94,2 millones de kilómetros. Como este año el volumen total de peregrinos sube más de un 6%, para aproximarse a los 350.000, la distancia recorrida en conjunto rondaría los 100 millones.

En ese total aproximado no está ni lo que andan los que hacen tramos sueltos, ni los que vamos sin credencial. Con el ansia de acercarme al inicio de la temible subida a Galicia que me espera en la siguiente etapa y encantado con la experiencia, supero con amplitud el límite de los 30 kilómetros al día. Llego a Ambasmestas exhausto y con la plena sensación de haber tenido un buen camino. Pero que nadie me lo diga.

Fuente: (La Vanguardia) Antxo Lugilde

 

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