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MISTERIOS Y RINCONES SECRETOS DE BURGOS

Burgos es ciudad de peregrinos, y a lo largo de la Edad Media, los mercaderes y quienes realizaban el Camino de Santiago, dejaron huella en la historia de la villa. En sus calles, podemos ver las fachadas de las que fueron las casas de los nobles, que antes, compartían calle con hospitales y albergues. La historia de la ciudad está marcada por la magia y el enigma del Medievo, y por ello, hoy os traemos cinco misterios de Burgos para conocer mejor todo lo que esconden estas calles.

El rostro borrado de la catedral

 

El claustro alto de la catedral de Burgos es un espacio que se empleó para diversas funciones: desde enterramientos hasta ser un lugar donde se llevaban a cabo celebraciones liturgias. En él, se encuentra una figura humana, en la que los visitantes no suelen reparar. Se trata de un busto con el rostro borrado. Esta figura mantiene intrigado a José Antonio Gárate, licenciado en Humanidades, que trabaja en la catedral desde el año 2003.

El busto podría ser un clérigo o un monje, ya que lleva un oscuro atuendo, y además es la única figura pintada de negro en la catedral. A simple vista, parece que la piedra se deterioró con el paso del tiempo, pero tras investigar, Gárate descubrió que fue borrada deliberadamente para evitar supersticiones. En la cara, que es la única parte dañada de la figura, aparecen huellas de herramienta, signo de que alguien raspó intencionadamente la figura. Además, el humanista descubrió en un registro de 1600 que el cabildo mandó quitar el rostro de una figura en la entrada del claustro para evitar supersticiones. ¿Sería esta la figura a la que se refería?

Papamoscas

El Papamoscas es uno de las mayores atracciones turísticas de la catedral de Burgos. Es una figura que abre y cierra la boca cuando el reloj marca las horas, pero que además, alberga una romántica leyenda. El Papamoscas fue una obra encargada por el rey Enrique III ‘El Doliente’, que acudía todos los días a rezar a la catedral. Un día se fijó en una joven que rezó ante la tumba de Ferrán González, pero no se atrevió a dirigirse a ella hasta varios días después, cuando esta dejó caer un pañuelo al lado del rey. Cuando la muchacha se fue, el rey escuchó un doloroso lamento, y a partir de entonces la joven no volvió a ir a la catedral.

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FUENTE: https://www.laguiago.com/

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